Entre dos gotas de lluvia

Mientras se oían a lo lejos las voces roncas de los hombres que ocupaban la barra del bar y los cuchicheos sin sentido de las mujeres que caracterizaban la mesa de al lado, Anne, una adolescente de diecisiete años de pelo rojizo y numerosas pecas en el rostro, le prestaba más atención al sonido que producían las gotas de lluvia que caían sobre una de las ventanas de aquel lugar que al ruidoso escándalo que provocaba la multitud.

Mantenía la mirada fija sobre el libro que estaba leyendo y, con las piernas recostadas en el asiento rojo en el que estaba, descansaba su peso después de uno de los días más ajetreados que había tenido en el instituto.

—¿Qué hace una chica como tú sola en un bar de carcamanes? —escuchó Anne cuando estaba leyendo la parte más interesante de la novela, algo que le molestó. Después cerró el libro.

—No estoy sola —respondió ella sin levantar la vista.

—Ahora ya no.

Anne resopló cuando se dio cuenta de que aquel individuo era su compañero de laboratorio y se volvió para observar las gotas que resbalaban por el cristal, aquellas que no iban a salvarse de tener un final trágico al terminar el recorrido.

—¿Qué estabas leyendo? —preguntó el chico de nuevo.

—Orgullo y prejuicio, un clásico.

Lucas, así se llamaba él, empezó a golpear sutilmente la mesa con sus nodillos. Anne desvió la mirada de la ventana hacia su mano, tan firme y ligera como si de una pluma se tratase.

—Chica solitaria a la que le gusta la soledad —soltó el chico, de repente.

Anne le miró fíjamente a los ojos.

—Define soledad.

—¿Qué? —preguntó él, confuso.

—Estoy rodeada de hombres borrachos y mujeres semidesnudas que intentan mantener una vida social alocada y un tanto extraña. No estoy sola, la soledad no existe. La soledad existiría solamente si fuese la única superviviente de todas las especies del planeta, y no lo soy —Anne señaló un par de gotas en la ventana—. Si fuese real, a estas dos gotas las separarían unos pocos milímetros de lo que tú consideras soledad, y a ti y a mí, centímetros. Existen entes que nuestros ojos no son capaces de percibir, pero sí que permanecen constantes a nuestro alrededor. Eso ya contradice tu criterio sobre la soledad, y, por tanto, confirma el hecho de que no estoy sola.

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